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Los derechos no son inventos, como no lo son ni la vida ni la muerte ni el planeta que habitamos

Hace poco menos de ciento cincuenta años atrás que un diligente arqueólogo asirio-británico descubrió una pieza cilíndrica de arcilla (hecha 500 años antes de Cristo) que más adelante llevaría el nombre del Cilindro de Ciro, y en cuya superficie se habría escrito lo que se considera la primera carta de los derechos humanos en la historia de la humanidad.

El rey Persa Ciro el Grande, habría inscrito en ella su declaración en torno al tratamiento que daría a los Babilonios recién vencidos por él en guerra, en su condición de nuevos súbditos. Dice en resumen el texto en Cuneiforme acadio babilonio: “Quedarán libres los esclavos, habrá libertad de religión e igualdad entre los hombres y las mujeres y entre las naciones de la población del imperio Persa”.

Desde aquellas épocas era necesario que un político formalizará el disfrute de los derechos ciudadanos, como si los derechos fueran inventos de la política o de la academia o de las religiones o de la tradición o de la misma cultura. Nada de eso. Los derechos no son inventos, como no lo son ni la vida ni la muerte ni el planeta que habitamos. Todos los seres humanos nacemos con ellos, y sin la aprobación de nadie.

Los que sí son inventos son los procedimientos y artimañas que se han venido diseñando para cercenarlos, y que han sido de todo tipo y en casi todas las actividades de la vida. Desde las abusivas clasificaciones étnicas que hacían mejores a blancos que a negros o que a amarillos o mestizos, hasta las diferencias de género en roles, oficios, posición social y hasta familiar. Que los negros no votaran ni tampoco las mujeres dizque por incapaces, fue una creación de hombres con privilegios para conservar privilegios de hombres.

Que las castas, que las monarquías, que los títulos, que las herencias, todos son inventos. Inventos baratos por una parte, porque no tenían sustento válido alguno para su existencia, pero costosos por otra, en cuanto a sufrimientos, pobreza, odios y guerras, muerte y humillación, dejando a su paso huellas imborrables en la mente de millones que anidaban en sus corazones la venganza y la retaliación.

Los derechos humanos hoy en día son miles o quizás millones de hojas de papel escrito. Desde la Declaración Universal en 1948 como respuesta al horror de la segunda guerra mundial y mucho antes, se han suscrito muchísimos tratados internacionales, pactos y declaraciones, constituciones de países, leyes y no sé cuántas normas de copiosos articulados e incisos en lo que los juristas llaman el ejercicio positivista del derecho; a tal punto, que las personas del común ya no sienten el tema de los derechos como lo que originalmente fue, es y sigue siendo hoy, es decir, como el hecho real de existir y de vivir; irónicamente, cuando se lucha por alcanzar un derecho, eso no es nuevo como se piensa, los derechos ya no se alcanzan, se recuperan.

Nos han hecho creer que los derechos son una concesión, un acto generoso de los gobernantes o de los líderes que ostentan el poder. Percibimos los derechos como una rama del derecho, como un asunto distante: una maraña pretenciosa de normas, un asunto exclusivo para abogados y tratadistas: han elaborado un engaño que pretende aislarnos de las decisiones claves que abordan el destino de la humanidad y de la naturaleza.

La distancia que ha separado nuestras vidas de nuestros derechos, es fruto de la sumatoria histórica de decisiones políticas que han puesto a muchos al servicio de unos pocos; es la estrategia del poder que ha fracturado la sociedad en grupos pequeños que compiten entre sí, para hacerles creer los cuentos perversos de la superioridad de las razas o de género o de la pureza de sangre o de cualquier otra estupidez parecida.

Si hay algo genuinamente revolucionario hoy, es recuperar plenamente nuestros derechos. Pero eso será tema de otra columna.

 

Por Miriam Martínez Díaz

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