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Viernes, Octubre 12, 2018 - 12:11

“… Como de otro mundo, oyó la voz gruesa y gritada de Rodrigo de Triana que se entraba por la escotilla: “tierra…” Casi inconsciente, en medio de su propio frenesí, de la posición de la Mari-Juana y de la Giacomina, Rodríguez Bermejo, enfermo en su litera, gritó aulló llamando a todas sus mujeres: - ¡Tierra! ¡Tierra…! – y siguió aullando sin moverse, con la mano puesta sobre su virilidad, mientras los marineros corrían medio dormidos y se empujaban en la escalerilla para llegar al puente de la carabela”. Pedro Gómez Valderrama.

A usted como a mí desde que entramos a cursar los grados de la educación impartida en las entonces escuelas de varones o de mujeres o una que otra mixta, nos comenzaron a contar la historia y todo lo bonito parecía en ella comenzar con la llegada de don Cristóbal Colón y sus valientes marineros. No sin antes presentarlo como un sabio que buscaba solo demostrar que la tierra era como un huevo. Un hombre desafortunado que logró convencer a la reina Isabel la católica de apoyar su loca aventura con la venta de sus joyas, la cual no consistía en más que entrar a la India por la parte de atrás una vez atravesado el océano.

Para explicar el trayecto bien recuerdo que huevo en mano la profesora marcaba un punto para suponer que era la India y otro donde decía que era el puerto de Palos de Moguer, de donde partió en su primer viaje la expedición del genovés, y en el huevo trazaba la línea horizontal para unirlos.

Una vez superado este pasaje relacionado con la conquista del nuevo mundo, como se lee aun en el libro de historia, venía la parte en la cual siempre hubo reconocimientos gratos para con la Reina sin cuyo sacrificio no hubiese podido darse este acontecimiento trascendental, para nosotros, en tanto que entre las muchas cosas que desembarcaron los ocupantes de las carabelas en la isla de Guanahaní trajeron la civilización, la religión, el idioma.

Pues antes de su llegada por acá solo había salvajes infieles, primitivos indómitos, así como lo expone el doctor Sepúlveda durante su alegato en defensa de la conquista, en tanto que a cambio de todo cuanto los conquistadores cargaron para la tierra de sus reyes, los barbaros recibieron una cultura superior. Así se convalidaron como justas y necesarias todas las acciones de los foráneos en estas tierras, de las cuales tomaron posesión con sembrados, construcciones y bestias en el nombre de su dios, de su reina y su rey.

Desde aquel 12 de octubre somos foráneos en nuestros propios suelos, compramos lo que siempre nos ha pertenecido y avergonzados frente a lo que nos muestran como mejor por el solo hecho de ostentarlo el colonizador. Desde que cambiamos nuestro oro por la bisutería con la que el extraño nos convenció de cuan poco valía ese metal en nuestras manos, solo color y brillo, pagamos por cualquier cosa el máximo costo por tan solo llegar en los sacos de esos seres a los cuales nos acostumbramos a ver superiores a lo nuestro por mostrarse distintos, ajenos, distantes.

Así lo aprendimos en la escuela y no podía ser de otra forma lo que pudiésemos saber después de leer y escuchar en otras fuentes. No por otra razón su Dios es nuestro dios, sus intereses deben de ser de igual manera los nuestros y sus saberes nuestro conocimiento.

“-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares…” Augusto Momterroso.

 

Ricardo Sarasty.

ricardosarasty32@hotmail.com

 

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